Y aquí estoy otra vez, buscando experiencias diferentes, ahora un poquito más lejos, en el sudeste asiático. Casi a dos años de haber viajado de Ecuador a Brasil en esta sencilla herramienta, que te permite desplazarte ligeramente más rápido que al caminar y mucho más lento que en automóvil: a la velocidad justa y necesaria para experimentar y descubrir la esencia de un país, respirar sus aromas, percibir sus matices, sufrir sus pendientes, amar sus descensos y sobretodo llenarme de esa calidez desbordante y el palpitar de su gente.

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Hoy regresaba de Wat Po, un templo budista en Bangkok hacia el hotel para colocarme un pantalón (desconocía que es una falta de respeto ingresar a estos sitios sagrados con piernas y hombros descubiertos), y en el camino pensaba en los miedos que tenemos impregnados, que son las principales cadenas que nos limitan de conquistar nuestros sueños. La única forma de que desaparezcan, sin lugar a duda, es lanzándote sin titubear ni darle muchas vueltas, sin hacer un razonamiento profundo, porque si lo haces muy probablemente solo se quedará en intenciones. Esto es porque la lógica y los paradigmas de un sistema rígido te dicen que es algo iluso: “tienes que estudiar, trabajar, ahorrar, casarte, tener hijos, pensar en el futuro…” y  etcétera y etcétera.

Y lo que tu realmente quieres para tu vida… ¿para cuándo?

En mi caso, más allá de viajar solo, tengo otros miedos a vencer: el idioma, la comida, la cultura, la distancia y el simple hecho de estar en un continente a miles de kilómetros de casa; pero esas mismas barreras son mis motivaciones, que me tienen justo ahora aquí, sentando a orillas del río Chao Phraya esperando el atardecer para fotografiar uno de los templos más importantes de Tailandia.

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Medias tintas y monjes

Un amigo argentino me decía que después de haber estado en Bangkok tienes dos opciones: terminar amándola u odiándola, no existe término medio con esta ciudad, no hay medias tintas. Una ciudad caótica, de grandes contrastes, donde convive el encanto de sus templos coloniales budistas con la modernidad de sus grandes rascacielos que sobresalen entre sus casas humildes y angostos callejones.

Sin lugar a duda, Bangkok es la capital del sudeste asiático con nada más y nada menos que 16 millones de turistas al año, convirtiéndola en la ciudad más visitada del mundo (según leía en una revista). Ya se imaginarán la multitud de gente de diferentes latitudes que inunda este país; aunque tal vez para Sudamérica y para Ecuador, específicamente, sea aún un destino poco explorado.

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Para conocer la magia de Bangkok existe una infinidad de maneras y prácticamente experimenté todas: a pie, bicicleta, taxi, metro, skytrain, canoas, barcos, y en tuk – tuk (moto taxi). Este último es una experiencia divertida e interesante, empezando por la habilidad que se debe tener para regatear el precio ya que al “farang” (extranjero en Thai) siempre le van a pedir  de 4 a 5 veces más de lo que le cobran a un tailandés; por la adrenalina pura que se experimenta al recorrer a una velocidad exagerada, pasando a centímetros de carros y buses. Durante el recorrido te ofrecen visitar tiendas e incluso prostitutas. En uno de ellos, durante  todo el recorrido el conductor, con su escaso inglés, repetía insistentemente “Good lady, good 2000 BTH” (60 dólares aproximadamente).

En Bangkok existen poco más de 400 templos, es imposible visitarlos todos. Entre los más interesantes están Wat Arum, Palacio Real y Wat Po. Algo que te sorprende definitivamente como occidental es ver deambular por sus calles a los monjes de todas las edades, unos en  sandalias, otros descalzos, envueltos con sus túnicas naranjas. Por dos mañanas consecutivas había observado que la gente se les acercaba a entregarles comida y se inclinaban con reverencia hasta colocar sus rodillas en el suelo, lo cual me llamó bastante la atención. No estaba dispuesto a quedarme con las dudas de conocer algo sobre la cotidianidad y misticismo de la vida cotidiana de los monjes budistas, así que el día previo al inicio de mi viaje en bicicleta abordé a un monje joven, de unos 25 años aparentemente, que con su escaso inglés me explicaba que todo joven tailandés, al menos por 3 meses de su vida, debe vivir como monje. Durante este tiempo no es permitido fumar, beber, ni acercarse a ninguna mujer; no pueden poseer dinero ni trabajar. La única forma de conseguir su alimentación es a través de las donaciones de la gente, pudiendo ingerirla únicamente hasta al medio día. Mientras tomaba su  último sorbo de té verde manifestaba que su estancia en las calles solo es hasta el ocaso del día. Finalmente, después de haber estado esos 3 meses como monje, pueden decidir continuar con este estilo de vida o volver a su vida cotidiana. Agradecido y sorprendido a la vez por su relato, junté mis manos e incliné levemente mi cabeza para despedirme.

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Año nuevo chino

De manera fortuita, mi estancia en Bangkok coincidía con la celebración del año nuevo chino y no me quería perder este acontecimiento, así que una de esas noches fui a Chinatown en una de las embarcaciones por el río Chao Phraya.

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La primera imagen que me encontré fue con la calle Yaowarad: desde sus paredes se suspendían una infinidad de letreros de neones y atravesaban la calle cientos de faroles rojos, a los costados en las aceras había restaurantes improvisados de comida callejera. De pronto, un dragón rojo sostenido por varios hombres comenzó a abrirse paso por la multitud, rodeado de personajes pintorescos de la cultura china, convirtiendo la noche en un verdadero espectáculo de luces y fiesta. La gente en los puentecillos ambulantes compraba sus camisetas rojas y vestidos tradicionales chinos para engalanarse para la ocasión. Lo que más me llamo la atención al terminar mi recorrido fue llegar al templo del Wat Traimit, otro de los templos más visitados de la ciudad. Lo interesante de este lugar es que alberga un Buda de oro con más de 550 kg de peso -que lo convierte en el más grande del mundo de este metal precioso-. Esta imagen posee una peculiar historia: cuando fue encontrada, estaba recubierta de yeso y, en décadas recientes, al intentar cambiarlo de templo, se cayó dejando al descubierto las 5 toneladas de oro. Se cree que fue escondido de esta manera para evitar ser encontrado durante la invasión de Birmania.

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Ya para dejar Bangkok visité uno de sus mercados flotantes el Taling Chang, que es un típico mercado agrícola, con la particularidad de que muchas mujeres desde sus canoas preparan la comida y sirven a sus clientes en un muelle flotante. No me animé a probar ninguna receta ya que alrededor de los botes había un hacinamiento tremendo de basura, así como también por el ají, que es el ingrediente principal de la comida asiática. Ya les contaré más adelante cómo me va con la comida cuando esté en una Tailandia más auténtica.

De esta manera dejo Bangkok, con la ilusión de empezar a descubrir el sudeste asiático en bicicleta. Mi estancia aquí sirvió, además de conocer y adaptarme de cierto modo a esta nueva cultura, para armar la bici, rutas y pequeños detalles en general para empezar a girar las ruedas en el pavimento.

4 Comments

  1. Ernesto Veintimilla

    Felicitaciones hermano, me haces viajar y soñar en algún momento poder conocer eso. Un abrazo

  2. algo sobre la Bangkok metropolitana?

  3. Jorge Arévalo

    Felicitaciones por tu viaje, he siguido se puede decir de reojo tu aventura, desde ahora la pienso leer más y seguir más para así poder conocer un poco del otro lado del mundo a través de tus ojos, fotos y palabras

    • Chilalo Errante
      Chilalo Errante

      Muchas gracias por darse el tiempo para leerlo Jorge, de cierto modo a través del blog intento transmitir las sensaciones que experimento en el día a día en el viaje de este mundo oriental poco conocido para nosotros un fuerte abrazo,

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