Las imágenes y vivencias de Tailandia quedaron atrás; China presenta un escenario diferente acompañado de un gran amigo, Carlos Rojas que, aprovechando sus vacaciones, decidió  conocer China a ritmo de pedal.

En efecto, para llegar a China cruzamos un pedazo de Laos sin problema durante un par de días. Ya en la frontera, nuestra simple presencia, sin ni siquiera hacer la fila en migración, causó alarma en uno de los agentes migratorios, retuvieron nuestros pasaportes, revisaron las bicicletas tan prolijamente que no se quedó escondite alguno sin ser observado. Pensé en algún momento, a pesar de tener la visa china vigente, no nos van a permitir entrar, pero luego  de poco más de dos horas de ese asfixiante chequeo,   registraron en el pasaporte nuestra entrada. Al parecer, eran pocos los occidentales que tomaban el punto fronterizo de Botem para ingresar a este país oriental y mucho menos en bicicleta.

Con ese abre bocas empezamos a descubrir China, un país que se quiere comer al resto del mundo en el aspecto económico; pues su señorío es explícito, evidencia de ello es la red vial, la misma que  ante el obstáculo de una montaña se la  atraviesa con un túnel y ante  una depresión profunda, por un moderno  puente.

Después del impase en la frontera, llama la atención el uso sui generis del baño. Aquí no hay diferencia entre el urinario y el inodoro, apenas una media pared los divide en cubículos; la privacidad, no es prioridad en este País.

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La Provincia de Yunnan, el extremo Sur de China, se destaca por la diversidad de minorías étnicas, lo que confirma lo que leía en una guía, en el sentido de que, “si tienes poco tiempo y quieres saborear buena parte de China, visita Yunnan”.

 Empezamos a pedalear en Dali algunos kilómetros adentro de la frontera ya que el visado solo de 30 días para estar en ese País constituyó una fuerte  presión para nosotros porque realmente, el foco de interés y prioridad era el Tibet. Una ciudad que rodea un lago de 30 kilómetros de extensión por lo que se ha erigido en  uno de los principales destinos turísticos internos.

El descanso de la  primera noche fue de perlas. Carlos con su poca experiencia en pedir posada en la ruta; pero con una gran dosis de suerte, fuimos objeto de las mejores atenciones por parte de una familia de la localidad, en una  exquisita cena, y a partir de aquí el cigarrillo empezó a ser parte de la rutina ya que es el primera manifestación de simpatía con la gente, ahora entiendo la expresión en Ecuador de “fumar como chinos”

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Posterior a este motivador y nutritivo encuentro festivo empezamos a subir y de a poco descubrir esa China fría. Sin darnos cuenta estábamos ya sobre los 2000 metros de altitud y gracias a la grata costumbre de muchos habitantes de esta zona, de tener termos de agua caliente junto a la puerta principal de sus casas, pudimos  abrigarnos y deleitarnos del té que es una de la bebida principal del país.

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Otro aspecto que concita la atención, al menos de la parte que recorrimos, es que la mayoría de la población está sobre los 50 años. Considero que es la consecuencia de la promulgación de aquella ley que  prohíbe a la familias tener más de un hijo a fin de controlar el crecimiento poblacional, pues ahora mismo este País supera el millón trescientos mil de habitantes.

Siguiendo la ruta nos lleva hasta Lijiang, una ciudad encantadora con un Casco Antiguo muy peculiar, los techos de las casas se destacan por la curvatura de sus esquinas, lo que promocionaba grandemente el turismo; sin embargo, había sitios desolados que invitaban a soñar en esa China Antigua.

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Pero como mi fascinación no precisamente es estar metido dentro de una ciudad, sino las zonas rurales, la naturaleza misma con todos sus atractivos, soñaba ya llegar a la Garganta del Salto del Tigre, el encañonado más profundo del mundo por donde zigzaguea el Río Yangzé cuyo nombre hace referencia a la leyenda de que un tigre, perseguido por un cazador  saltó unos 30 metros  en el punto más estrecho del cañón para escaparse. Este es un sitio realmente alucinante que lo disfrutamos durante un día, observando sus espectaculares abismos y sintiendo la fuerza del agua en las partes donde se estrangulan sus cañones.

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Visitada la zona del Tibet cuyo detalle formará parte de otro post llegamos a Kunming (la capital de Yunnan) donde Carlos tomó el avión para regresar a Europa.

Avanzando hacia el sur me encontré con  Yuanyang, un sitio sorprendente más allá de su naturaleza por el trabajo humano en sus laderas; un lugar que inicialmente no estaba en mis planes visitarlo, porque al estar en Vietnam vería lo mismo; pero gracias a Vanessa, una Ecuatoriana que por cosas fortuitas de la vida la conocimos en Kunming, me dijo que por nada de la vida podría irme sin conocer las terrazas de arroz más grandes del mundo.

La recomendación de Vanessa fue un gran acierto, porque, sin lugar a duda, mis ojos fueron testigos de una de las más espectaculares creaciones humanas, pues a lo largo de siglos y el continuo cuidado y trabajo artesanal del arroz, la minoría Hani ha ido modificando las laderas de las montañas, a pulso de sus manos.

La extensión de la región de los campos en terrazas, es de 24.000 hectáreas cuya superficie se extiende desde la orilla del río Honghe por los montes Ailaoshan, ubicada a 100 metros sobre el nivel del mar, desde donde sorprendentemente  se eleva hasta los 2.000 metros en las terrazas más altas.

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Definitivamente es un espectáculo ver como las curvas de las terrazas se van fundiendo, bifurcando, fusionando o separando, creando paisajes inimaginables, trastoca la razón.

Ante estas maravillas, hay que dejarse llevar de la belleza de las contorneadas terrazas, que nos posean por completo y desentrañar los misterios de este portento contemporáneo.

Y como evidencia tangible, a la  lejanía se observó un Hani trabajando con gran tesón, conservando así la herencia y dedicación de  sus ancestros.

2 Comments

  1. hermosa experiencia, qué tal la comida?

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